En esta sección les damos fragmentos de los libros editados, como en una librería donde se ojea un libro para tener una idea de su contenido.

Nubarrones grises intentaron sin éxito empañar mi entusiasmo matinal. Las ramas atrevidamente desnudas de las ampelopsis tapizaban las altas paredes de la residencia universitaria de Bunkyo, pequeñas ventanas se abrían entre la maraña vegetal deshojada, dejando entrever el sólido ladrillo de los muros. Una filigrana de encaje le daba un marco de misterio al centenario edificio.
El otoño tiene las mismas costumbres en todo el mundo, pero parecería que aquí se hubiera contagiado de los lugareños y su manía de limpieza se tornó más obsesiva, en pocos días han desaparecido por completo los follajes, quedando los árboles desguarnecidos. Los robles, liquidámbares y áceres, a fuerza de resistir, se fueron tiñendo con la más diversa y melancólica gama de ocres, anaranjados y amarillos.
En los negocios ya empezaban a asomar las tentadoras ofertas de fin de año, las casas de venta de libros de segunda mano, con sus increíbles rebajas, ejercían un magnetismo al
que no podía oponerme.
Aquí en Japón, me han dicho que soy Tsundoku. Esta palabra alude a las personas que tienen compulsión por acu-mular libros, aun sabiendo que no les alcanzará la vida para leerlos.
Ser acumulador de cualquier índole suele tener una connotación negativa, ya que hace algún tiempo se viene predicando la filosofía de la vida despojada. Los espacios pequeños asignados a cada individuo, especialmente a los jóvenes, habilitan una mirada reprobatoria hacia los colec-cionistas. No termino de convencerme de que sea tan malo cuando se trata de libros: los que hemos leído guardan las emociones que nos despertaron y los que aún no leímos están ahí como prometiéndonos la risa, el llanto y tal vez la revelación de alguna verdad oculta.
Sabiendo que un día voy a partir, los tesoros de papel que voy acumulando me dan la tranquilidad de llevarme, de alguna manera, los retazos de tiempo que voy atesorando.
A los que están preocupados por estos mundos impresos que acumulo les digo que los seguiré leyendo en la próxima vida.
Tsundoku es el nombre de la librería donde Keiko iba a presentar su encantadora antología de poemas a las seis de la tarde.
Cuando decidí estudiar literatura, por consejo de mi padre, solicité la beca en la agencia de intercambio cultural.
Sin mucha idea de qué se trataba y sin demasiadas expecta-tivas. Me presenté confiado en que no tenía ninguna chance de obtenerla. No estaba en mis planes irme al otro lado del mundo. Tampoco estaba preparado para desaparecer de mis lugares comunes durante cinco años.
Fue una gran sorpresa haber sido seleccionado. Luego del extrañamiento inicial sobrevino el susto. Sentimiento que me acompañó durante mucho tiempo.
Hubiera sido imposible la adaptación sin la compañía de mi abuela. Un ser extraordinario. Había vivido con ella de pequeño. Recordaba muy poco de aquella época. Ella regresó a la tierra de sus orígenes cuando yo tenía cuatro años, aunque su presencia fue constante para mis padres a través de cartas y esporádicas llamadas telefónicas, para mí solo significaba los maravillosos y tecnológicos juguetes que enviaba, especialmente porque me hacían ganar popularidad entre mis amigos.
Mi beca en letras me permitió la incorporación a un taller de escritura. Dudando seriamente de mis cualidades, estimu-lado por algunos de mis compañeros, me propuse imitarlos y tener mi propia obra.
Rodeado de escritores me ví obligado a leer lo que había producido durante la semana, poco, mucho, me gustara o lo detestara. Casi siempre lo detestaba.
Allí aprendí a escuchar mi propia voz, descubrí que la desconocía por completo. Me resultaba totalmente ajena y tuve que amigarme con ella.
Desde el principio, mi percepción, con serios fundamentos, era que todos escribían mejor que yo. Los poemas de Keiko habían sido mis preferidos, mechaban con audaz maestría métri-cas tradicionales del tanka y el haiku con estilos modernos. Los había escuchado, había palpitado sus laboriosas correcciones, me habían emocionado. Sus creaciones habían poblado mi ima-ginación; ahora, corporizadas en un libro, tendrían vida propia. No quería perderme el momento en que esos personajes comen-zaban a caminar por su propia cuenta.
―Diego san, kasa o motte kudasai.
“Debería llevar un paraguas”, me recomendaron al salir de la residencia. No hice caso.
Nunca seguía la recomendación de llevar un kasa, ya sea en su acepción de paraguas o sombrilla. Para los japoneses siempre hay un motivo para llevarlo, tanto para protegerse del sol como de la lluvia. Para mí nunca había motivo suficiente. Esta vez tenían razón.
De camino, me demoré en la adictiva tienda Don Quijote, “el Donki”, como le llaman. Quería llevarle un presente a mi amiga escritora.
“Keiko es muy golosa”, pensé. Elegí unas confituras dul-ces de matcha, esas son sus preferidas. Yo llevaba prisa, la encargada de envolver la caja de dulces wagashi no parecía notarlo, realizó su ritual de innumerables pliegues con total fruición. El papel apergaminado tenía rayas que la empaque-tadora hizo coincidir milimétricamente con sus dobleces.
Antes de ingresar al negocio había comenzado una lluvia fina que el viento peinaba a su antojo. Al salir, llovía con un fervor insensato.
Estaba anocheciendo.
“¡Qué mal día le tocó!”, lamenté.
Me puse en camino bajo el aguacero hacia la estación del tren. A unas cuadras del Donki, el estadio Tokio Dome ya tenía todas sus luces encendidas. Los reflectores convertían a la cortina de agua en un velo dorado. Los Yomiuri Giants, el equipo local, jugaban uno de los últimos y definitorios par-tidos del campeonato nacional de béisbol frente a sus tra-dicionales adversarios, los Hanshin Tigers. La estación de Korakuen estaba atestada de fanáticos enfundados en sus vistosas casacas de color negro y naranja. Imposible tomar el tren. Decidí ir a Jimbocho en taxi.
Indudablemente fue una mala idea.
El barrio de los libros, como se conoce a ese distrito, es una biblioteca gigante. Sus innumerables librerías se enciman en estantes donde se amalgaman épocas pasadas y con-temporáneas. Los pioneros manga y los insolentes animé les dan la mano a recopilaciones amarillentas del Kojiki: el libro de las cosas antiguas. Como testigos de eras geológicas se hermanan, y se superponen los cómics y lo sagrado.
Es posible comprar libros incunables de ediciones carísi-mas, revistas usadas, colecciones de pinceles para caligrafía, papel washi o coloridas papirolas con forma de pez koy.
He pasado tanto tiempo en baños de inmersión literaria en ese paraíso, que se me ha vuelto cotidiano; sin embargo, siempre me tiene reservada alguna sorpresa.

Esa tarde de primavera parecía la mejor en mucho tiempo. Alejo corría en los bosques de Palermo mientras el sol se colaba por las ramas y le acariciaba el rostro. Había cumplido sesenta años un mes atrás y, aunque no lo decía en voz alta, sentía que por fin algo se había acomodado en su vida. Daba la impresión de estar en paz, luminoso, incluso. Pero debajo de esa quietud, había una tensión invisible, como si algo, en silencio, esperara su momento para quebrarse.
Marchaba a ritmo parejo, nadie lo habría adivinado al verlo así, pero por dentro libraba una batalla, una idea constante pare-cía perseguirlo. Corría como si escapara de algo, sin miedo. Esa hora del día era su ritual secreto, una forma de huir del concepto de perfección que él mismo se había impuesto. La misma perfec-ción lo había llevado bien alto, sí, pero ahora no sabía cómo sos-tenerse. Le pesaba. Imaginaba que estaba cayendo, lento, entre un paso y otro, hacia una libertad que lo espantaba.
El cuerpo de Alejo aún conservaba el atractivo de otro tiempo: piel apenas bronceada, canas bien llevadas, ojos turquesas encendi-dos por el esfuerzo, y una barba incipiente que le daba un aire bohe-mio. A veces pensaba que, si pudiera irse de allí, buscaría un hogar. Uno verdadero. Algún sitio tenía que haber para él, lejos de ese cielo.
Tan absorto estaba que no vio a la anciana hasta que estuvo casi encima de ella. Su semblante cambió de golpe. La sonrisa se esfumó. La silla de ruedas y la voz temblorosa de la mujer lo sacaron abruptamente de su ensueño.
—Perdón, joven —dijo ella—. ¿Podría ayudarme?
Alejo resopló.
—La puta madre... ¿No ve por dónde va?
—Se me trabó esta cosa... —Señaló la rueda con el dedo.
No fue su voz; la silla lo estremeció. Alejo cerró los puños. Hizo una mueca y siguió de largo.
La mujer, perpleja, trató de explicarse, pero él ya estaba lejos. Minutos después, la silla colisionó contra un árbol. Quedó atascada y la anciana, tirada en el pasto.
Cuando volvió a pasar, Alejo escuchó su pedido de auxilio. A regañadientes, se acercó, levantó la silla, arregló el desperfecto y con torpeza acomodó a la señora.
—Gracias, muchacho. No sé qué le pasó a mi silla. —Sacó un billete—. Para que se tome un helado.
—No, por favor.
—Es que sin usted…
—No es nada. ¿La ayudo con algo más?
—Si no es molestia, vivo enfrente. Quisiera cruzar.
Alejo aceptó. Mientras la empujaba, un escalofrío le trajo a Elisa en su vieja silla de ruedas. Esa presencia antigua, apenas evocada, se apoderó de su cuerpo. Sintió asco. Frío.
—¿Por dónde?
—Siga nomás. ¡Qué buen muchacho! Su madre lo educó bien
—Me parece que se le desconectó el automático a la silla.
—¡Vivo acá! ¡Gracias!
El portero salió a recibirla. Ella lo presentó como un héroe. Alejo se despidió con incomodidad. Caminó rápido, inquieto. En el primer bebedero se lavó las manos con obsesión. El alivio duró poco.
Un ramalazo de memoria trajo el pasado de manera brutal: la primera vez que vio a Elisa de pie, el vaso de jugo de naranja cayendo, los zapatos de gamuza azul, la silla vacía detrás. El grito, la caída, la sangre en los escalones. Creía haberlo olvidado todo, pero el pasado regresó inclemente, como un turbión.
Allí estaba la infancia rota.
Pensó que aquello había quedado atrás, pero volvió agaza-pado, en medio del parque, frente a una anciana desconocida y casual.
El niño que fue selló su boca esa vez. Nadie supo lo que él había visto ni lo que había escuchado. Desde entonces, Elisa fue furia, ojos crispados, boca torcida, su silla merodeando entre las flores. Y el alarido final, siempre presente.
Aquella escena marcó un antes y un después. No fue necesa-rio haber visto más. Su capacidad de horror había sido colmada.
El celular interrumpió la marea mental. Era Verónica.
—¿Ale? Estoy saliendo para tu casa. ¿Pido sushi o compro algo?
—Sushi, dale —respondió, desganado.
—¿Estás bien?
—Un poco cansado.
—Te voy a hacer olvidar eso en un minuto —dijo con picardía.
La sola idea lo molestó. Esa mujer joven y luminosa merecía otra versión de él. No este hombre que regresaba abrumado por la sombra que había revivido en el parque.
Pensó en las vacaciones: el mar, el hotel sencillo, el salpi-cón de mariscos. Correr por la orilla. Rabas crocantes mirando el horizonte marino con un buen vino, pero no era suficiente esa ilusión para borrar la impresión que sentía. Entonces pensó en pintar el recuerdo del vaso. Con trazos gruesos. Sin detalles, poca información. Una figura monumental y oscura sobre fondo claro. Saturada de colores puros y pasteles en contraste. No buscaba precisión, sino el tono de una amenaza.
Volvía siempre al picaporte, la mano pequeña haciendo un esfuerzo por sostener el vaso de vidrio. Elisa de pie y sus zapatos de terciopelo azul. Su mirada directa, severa y fría. El jugo cayen-do como un chaparrón. Él, disimulado para el engaño, pero sin poder fingir el terror en sus pequeños ojos azules. Ella se acercó despacio, sin evitar el charco. Él esperó aquel retorcido enfrenta-miento, contuvo sus ganas de escapar y se miraron sabiendo que compartían un momento oscuro.
Rescataría ese instante. No hacía falta más. Pintaría esa ima-gen esta misma noche.
—¿Vero? ¿Ya saliste?—Estoy por tomar un taxi.
—Pará. Mejor dejémoslo para mañana. Me caí, me duele el pie. Quiero ducharme y dormir.
—¡Voy y te cuido!
—No. Mejor mañana. Hoy estoy cruzado.
—Bueno, cielo… mañana a las nueve entonces.—Besos, linda. Gracias por entender.
—¡Te quiero, guapo!
Colgó y respiró aliviado.
En casa, descalzo sobre la madera, sintió el placer de lo simple. Se sirvió un vaso de agua helada, se tiró en el sofá. Pensó en una buena ducha, algo para picar y pintar hasta que el sueño lo venciera.
Pero abrió el correo.
El primer mail: invitación de la Dirección de Cultura de Los Aromos, su pueblo natal. Una invitación a exponer su obra duran-te las Fiestas Patronales. La alegría se le mezcló de inmediato con ese miedo infantil que había vuelto a prenderse como garrapata. Miró el almanaque. Coincidía con las vacaciones junto a Verónica, se sintió fastidiado, pero Los Aromos no quedaba tan lejos. Tal vez se podía ajustar.
Segundo mail: confirmación del hotel. Buen precio, buena ubicación. Sin embargo, al ver las fotos descubrió grandes matas de hortensias azules y rosadas en el jardín y sintió rechazo. Las odiaba. Canceló la estadía sin consultar a Verónica.
Tercer mail: asunto “Velatorio”. El abogado de Elisa Laprida Funes anunciaba que la anciana había muerto. Debía hacerse presen-te por la herencia. Y finalizaba con una postdata: “Amelia lo necesita”.
